Los Pasteles de Belem
Si visitas Lisboa, no importa la época del año que se trate, tienes que vivir la grata experiencia de disfrutar de sus famosos Pasteles de Belem, exquisitos pasteles de nata espolvoreados con azúcar y canela, un dulce tradicional que se elabora desde 1837 y representa no sólo al Barrio de Belem y a Lisboa, sino a la gastronomía de Portugal.
Los Pasteles de Belem, lo mismo que otros dulces conventuales, encierran secretos guardados por siglos entre las paredes de los conventos, una historia que influye de manera fundamental en la gastronomía lisboeta, seguramente como respuesta a la presencia de más de treinta conventos que existieron en la ciudad hasta mediados del siglo XIX.
Quien visita Lisboa no se conforma con comer sólo un Pastel de Belem, siempre querrá más. La famosa preparación lleva crema, está hecho a base de hojaldre y relleno de leche, nata, vainilla y algún otro componente que sus fabricantes guardan con esmerado celo.
Historia y secretos
En el emblemático Barrio de Belem, próximo al Convento de los Jerónimos y de la Torre de Belem, se encuentra la Pastelería de Belem, un lugar que ubica su origen en los inicios del siglo XIX cuando los conventos fueron cerrados en Portugal.
Como medida de supervivencia, uno de los trabajadores de la antigua tienda de comercio que funcionaba junto al monasterio se dedicó a vender pasteles en el local. Fue tal el éxito y la fama que alcanzaron esos pasteles, que en 1837 todos llegaban a Belem en busca de ellos, a pesar de las dificultades que el viaje representaba.
Las instalaciones anexas a la antigua refinería comenzaron a producir los “Pasteis de Belém” según aquella antigua receta originaria del convento, la que se transmitió con el pasar de los años entre los maestros pasteleros que sólo lo fabrican de modo artesanal en el “Taller del Secreto”, manteniendo inalterable la preparación hasta la actualidad.
La pasta de hojaldre del pastel y la crema con que se rellena, se elabora a puertas cerradas en ese misterioso taller, en un proceso que dura dos días.
Los Pasteles de Belem se pueden comer fríos o calientes, pero cuando viajas a Lisboa seguramente preferirás que te sirvan calentitos, recién sacados del horno y si es posible en los mismos salones, cerca de donde los hacen.







